El Lugar De Los Ministerios de Sostén Propio En La Obra de Dios


Es un privilegio ser llamados para servir a nuestro Dios en la obra, ya sea en un ministerio de apoyo o de sostén propio o en la obra denominacional. Trabajar como obreros de sostén propio no significa que tengamos que ser un movimiento religioso independiente. Eso nunca ha sido el plan de Dios. Ambas ramas de la obra se apoyan entre sí. Ambas fueron diseñadas por el Señor para cumplir su voluntad. Ser parte de la obra de sostén propio no me da una experiencia espiritual superior y ser parte de la obra denominacional no me convierte en un cristiano de segundo nivel. En ambas ramas de la obra los obreros necesitan estar en el proceso de santificación y transformación diaria a través de la comunión y la obediencia a los principios de Dios.

Dios nos ha dado formas y preceptos que cumplir, son parte de su método para ayudarnos a desarrollar su imagen en nuestras vidas. Pero también nos ha dejado la tarea de formar un carácter semejante al de Cristo. Y el carácter es lo único que llevaremos al cielo. El hecho que en la obra de sostén propio nos hemos considerado más cuidadosos en guardar las formas no nos garantiza que el carácter de Jesús se haya desarrollado en nuestras vidas. Dios bendice la obediencia, pero una obediencia que no provenga de la fuente verdadera solo nos hará participar de manera más profunda del espíritu de Laodicea: el espíritu de la suficiencia propia que nos hace sentir que somos mejores que los demás sin darnos cuenta de nuestra verdadera condición.

Leemos en el Espíritu de Profecía: “Agradecemos al Señor de todo corazón porque tenemos una preciosa luz que presentar ante la gente, y nos regocijamos porque tenemos un mensaje para este tiempo que es verdad presente. Las nuevas de que Cristo es nuestra justicia han proporcionado alivio a muchísimas almas, y Dios dice a su pueblo: “Avanza”. El mensaje a la Iglesia de Laodicea se aplica a nuestra condición. Cuán claramente se describe la posición de los que creen que tienen toda la verdad, que se enorgullecen de su conocimiento de la Palabra de Dios, al paso que no se ha sentido en su vida el poder santificador de ella. Falta en su corazón el fervor del amor de Dios, pero precisamente ese fervor del amor es lo que hace que el pueblo de Dios sea la luz del mundo”. – {FO 84.1}

Laodicea no es una institución, sino una condición en el corazón de todo aquel que tiene un conocimiento intelectual de verdad, pero que no ha sido santificado por la verdad. Dios unja nuestros ojos con colirio, para que podamos ver con claridad nuestra condición espiritual. Los que están en Babilonia necesitan un cambio de iglesia (Salid de ella pueblo mío); los que estamos en Laodicea, no necesitamos un cambio de iglesia, sino un cambio de corazón. Laodicea no es una condición que solo sufren los que asisten a la iglesia organizada, es la condición de todo aquel que es ciego a su verdadera y desesperada condición espiritual.

Apocalipsis 3:19 dice: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo. Al que venza, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo también he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.”

Dios ama a los que están en la condición laodicense. Por eso los reprende y exhorta a buscarle. Nos llama al arrepentimiento y nos promete sentarnos con el sí vencemos. ¡Que hermosa la promesa para Laodicea! Aunque la reprensión es dura y no hay palabras de encomio, hay demostración de gran amor y la promesa de victoria y un lugar en el trono con Jesús. 

La revelación que Dios nos ha dado a través de su mensajera es muy clara, Dios tiene un pueblo hoy en día como lo tuvo en la antigüedad. En los peores momentos de apostasía Dios levanto hombres y mujeres fieles que llamaron a su pueblo a volver a su Dios. Y aunque reprendidos y castigados, Dios los siguió considerando su pueblo. Cuando Judá tenía un rey temeroso de Dios y obediente a su ley, la prosperidad material y espiritual se derramaban sobre ellos. Cuando su rey se apartaba de los caminos de la justicia y la ley, la maldad, escasez y miseria oprimían al pueblo. Dios no ha cambiado, y hoy en día nos llama a levantar los brazos de un liderazgo que activamente está promoviendo el reavivamiento y reforma en el pueblo Adventista del Séptimo Día.

Muchos han considerado que la obra de sostén propio o de verdad presente como algunos se denominan es un movimiento religioso. Hemos sido llamados es a vivir y compartir un mensaje como laicos, como hermanos, como siervos de Dios conservando nuestra individualidad en religión, pero siempre recordando que la denominación adventista a pesar de sus falencias sigue siendo el pueblo de Dios del cual somos parte. En ningún momento, esta experiencia de cooperación y participación nos debe llevar a comprometer los principios o a rebajar las normas, pero es necesario cuidarnos de pensar que ya no hay nada que hacer dentro de la IASD y que la mejor actitud es, entre más lejos de ellos mejor.

Dentro de los ministerios independientes, debido a las circunstancias de persecución, rechazo al mensaje y exclusión de los templos, se llegó a la conclusión de que no había nada que hacer con la iglesia organizada. Se acostumbraron a trabajar tan independientes de la iglesia que ahora ven trabajar con la iglesia en si como sinónimo de apostasía. Este es un concepto equivocado.  Por eso concluyen que si el ministerio de Fundación Las Delicias está trabajando con la Iglesia es porque se retractaron de la verdad. Estas conclusiones están basadas en premisas equivocadas que se desarrollaron basadas en circunstancias y experiencias mas no en principios.

Fundación Las Delicias y la familia Restrepo mantienen el compromiso de compartir el mensaje adventista en su totalidad, reconociendo que tanto en los ministerios de apoyo como en la obra organizada hay hombres y mujeres de Dios, comprometidos con la verdad y deseosos de ver la obra finalizada para así apresurar la segunda venida de Cristo y ver el fin del gran conflicto.