Una Historia Que Contar


 

“¿Qué llevó a Tomas Alba Edinson siendo un niño despreciado por su bajo rendimiento escolar a ser el mejor inventor de todos los tiempos? ¿Qué llevó a Hellen Keller, aquella mujer sorda, ciega y muda a pesar de la presión social, a ser la primera mujer discapacitada en terminar una carrera universitaria y representar a su país como diplomática en el exterior? ¿Qué impulsó a Abrahán Lincoln a recorrer 18 kilómetros, de noche, para pedir prestada una gramática inglesa y estudiar hasta las cuatro de la madrugada a la luz de la vela? ¿Qué movió a Henry Ford a probar su primer motor a gasolina de un cilindro en plena noche de navidad en 1893? Los motivó la ilusi6n de llevar a la realidad un sueño que se propusieron con la bendición de Dios. Se propusieron objetivos y lucharon, perseveraron, no descansaron hasta que los alcanzaron”.[1] Estas personas, al igual que muchas otras, lograron lo que anhelaban porque estuvieron dispuestos a arriesgarse, y por eso dejaron una historia que contar. El que no se arriesga no tendrá una historia que contar

En la Biblia encontramos ejemplos de muchos hombres y mujeres fieles de Dios, que decidieron ir en contra del “status quo”, actuaron de una manera ilógica para la razón humana, pero movidos por el Espíritu de Dios, y sin importar lo que el mundo les dijera y las pérdidas que tuvieran, se arriesgaron y dejaron una historia que contar.

Quisiera hacer alusión a una historia de la madre de nuestro Salvador. Esto sucedió en ocasión de las bodas de Caná. Jesús estaba comenzando su ministerio público y fue invitado, junto con sus discípulos, a estas bodas de unos parientes suyos. Allí se encontró con su madre y muchos conocidos. Pronto ocurrió algo en la fiesta que despertó la preocupación entre los convidados, en especial en María, la madre de Jesús, y fue que se había acabado el vino. María vio esto como una oportunidad para que Jesús manifestara Su poder como el Mesías. “Sin embargo, ella habría sido más que humana si no se hubiese mezclado con su santo gozo un vestigio del orgullo natural de una madre amante. Al ver cómo las miradas se dirigían a Jesús, ella anheló verle probar a todos que era realmente el honrado de Dios. Esperaba que hubiese oportunidad de realizar un milagro delante de todos”.[2] En respuesta, “Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). Jesús leyó el motivo interno de su madre, y respetuosamente le muestra el propósito de su misión, que Él no había venido a establecer Su reino temporal como Rey, sino uno espiritual. “Pero aunque María no tenía una concepción correcta de la misión de Cristo, confiaba implícitamente en él. Y Jesús respondió a esta fe”[3]. María entendió que Jesús podía suplir esa necesidad, aunque estuviera fuera de lo normal, y dijo a los que servían a la mesa: “Haced todo lo que os dijere” (versículo 5). “Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (versículos 6-11).

 

En las palabras de María a los que servían se encuentra el secreto para dejar una historia que contar, “Haced todo lo que os dijere”. Si ellos se hubiesen puesto a razonar en cuanto al mandato de Jesús, no se hubiera podido efectuar el milagro y quizá esta historia no hubiese sido registrada para nosotros. La fe de María y la pronta obediencia de estos siervos, su disposición a arriesgarse a que el maestresala les llamara la atención, dejaron esta historia para nosotros, del trato compasivo de Jesús por las necesidades del hombre y su bendición sobre las relaciones humanas.

Hubo otros personajes bíblicos que también “hicieron todo lo que se les dijo” y dejaron una historia que contar. Tenemos a Josué en su batalla contra los amorreos, cuando el sol estaba cayendo, y él veía imposible cumplir su misión en la noche, que hizo una petición osada a Jehová que jamás hombre haya hecho, “Sol, detente en Gabaón, y tú, luna, en el vale de Ajalón” (Josué 10:12). Nos dice la escritura que “el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero” (versículo 13). Tal fue esa hazaña que “no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová a la voz de un hombre; porque Jehová peleaba por Israel” (versículo 14). Ese día Josué dejó una historia que contar al arriesgarse a actuar en contra de la lógica humana.

Moisés y el pueblo de Israel junto al Mar Rojo dejaron también una historia que contar. El pueblo llevaba tres días de haber salido de Egipto, y habían llegado a un punto sin salida. Delante de ellos estaba el Mar Rojo, “cuyas aguas presentaban una barrera aparentemente infranqueable ante ellos, mientras que por el sur una montaña escabrosa obstruía su avance”[4] y detrás de ellos el ejercito de Faraón con el propósito de capturarlos. Aparentemente no había salida para ellos, todo estaba perdido. En ese momento Dios manda a Moisés a que haga algo que alguien con la mente cuerda no se atrevería a pensar. “Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Dí a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco” (Éxodo 14:15-16). El relato bíblico no nos da todos los detalles, pero ese mandato ellos lo obedecieron antes que Dios hubiera divido las aguas, ellos actuaron por fe y no por vista (2 Corintios 5:7; Hebreos 11:29). Ellos se arriesgaron a caminar en el agua sin haberse partido aun hasta que les llegaba al cuello, ellos “hicieron todo cuando les fue dicho” y dejaron una maravillosa historia de fe que contar.

 

Así como María, Josué y Moisés, una mujer que la Biblia no menciona su nombre, se atrevió a tocar el manto de Jesús (aun cuando esto hubiera sido considerado como irrespetuoso, que una mujer tocare el manto de un hombre) para ser sanada de un flujo de sangre que tenía por doce años. Ella, “temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada”. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vé en paz” (Lucas 8:47, 48). Ella “hizo todo cuanto [el Espíritu] le dijo”, se arriesgó y dejó esta maravillosa historia de fe que contar, de que, así como ella, nosotros también podemos tocar el manto de nuestro Sumo Sacerdote Jesús y ser sanos de nuestros pecados.

 

Una última historia que quiero relatar es la de María Magdalena en la ocasión cuando unge a Jesús durante la fiesta en casa de su tío Simón el fariseo. “A un lado del Salvador, estaba sentado a la mesa Simón a quien él había curado de una enfermedad repugnante, y al otro lado Lázaro a quien había resucitado. Marta servía, pero María escuchaba fervientemente cada palabra que salía de los labios de Jesús. En su misericordia, Jesús había perdonado sus pecados, había llamado de la tumba a su amado hermano, y el corazón de María estaba lleno de gratitud. Ella había oído hablar a Jesús de su próxima muerte, y en su profundo amor y tristeza había anhelado honrarle. A costa de gran sacrificio personal, había adquirido un vaso de alabastro de “nardo líquido de mucho precio” para ungir Su cuerpo. Pero muchos declaraban ahora que Él estaba a punto de ser coronado rey. Su pena se convirtió en gozo y ansiaba ser la primera en honrar a su Señor. Quebrando el vaso de ungüento, derramó su contenido sobre la cabeza y los pies de Jesús, y llorando postrada le humedecía los pies con sus lágrimas y se los secaba con su larga y flotante cabellera”.[5]

 

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